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lunes, 17 de enero de 2011

No somos viejos, porque tenemos treinta años, pero... tampoco somos jóvenes.
Con el pelo negro —y hasta un poco ondulado, ¡ qué caramba!, todo hay que decirlo — con la frente tersa, con los músculos bien dispuestos y los nervios excelentemente templados... uno no es joven ya. Y al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como aquéllas, ni siente y piensa como éstas. 



ENRIQUE JARDIEL PONCELA
(prólogo de "La tournée de Dios" 1932)





viernes, 14 de enero de 2011




Me trajo Mara Mori
un par de calcetines,
que tejió con sus manos de pastora,
dos calcetines suaves como liebres.
En ellos metí los pies
como en dos estuches
tejidos con hebras del
crepúsculo y pellejos de ovejas.

Violentos calcetines,

mis pies fueron dos pescados de lana,
dos largos tiburones
de azul ultramarino
atravesados por una trenza de oro,
dos gigantescos mirlos,
dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estos celestiales calcetines.

Eran tan hermosos que por primera vez

mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellos luminosos calcetines.

Sin embargo, resistí la tentación

aguda de guardarlos como los colegiales
preservan las luciénagas,
como los eruditos coleccionan
documentos sagrados,
resistí el impulso furioso de ponerlas
en una jaula de oro y darles cada
día alpiste y pulpa de melón rosado.

Como descubridores que en la selva

entregan el rarísimo venado verde
al asador y se lo comen con remordimiento,
estiré los pies y me enfundé
los bellos calcetines, y luego los zapatos.
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno.

Pablo Neruda 



jueves, 13 de enero de 2011

la Fuga de logan





 
  Consagrarse a la práctica artística es en la actualidad una tarea confusa. Desde lo que Danto ha llamado la vanguardia intratable hasta ahora, hemos asistido a un derrumbe de conceptos y cualidades que venían siendo inherentes a la idea que del arte tenía la sociedad. Al escepticismo de estos cambios, no le ha beneficiado en mucho la politización de la cultura, ni la ausencia de agentes privados independientes y con verdadero criterio, más allá del comercial. Este nuevo escenario es sin duda el mejor caldo de cultivo para potenciar la existencia de un limbo minado de grandes historias, que difícilmente tienen su hueco en la realidad mediática.

 
Logan’s Run supone la huida consciente de un entorno cultural programado, donde los requisitos para triunfar atienden a variables objetivas y cuantificables que absurdamente tratan de etiquetar actuaciones en cambio vitales. Un guiño irónico que pone su burla en la ilógica encrucijada que sufre a menudo un creador de edad intermedia, quien socialmente ha dejado de ser un artista emergente en potencia, sin tener tampoco el desarrollo y la trayectoria necesarias para ser tenido como un talento consolidado. Óscar Ortiz Marzo, Daniel García e Ignacio Algarín González, se unen en esta muestra para reivindicar su sitio en esta profesión, haciendo que convivan en la misma sala inquietudes y temores que, a pesar de estar expresados con lenguajes diferentes, se alzan hacia una misma dimensión, la social.

La pintura y el dibujo permiten al artista un alto nivel de implicación mental y física con su trabajo. En el caso de Óscar Ortiz Marzo supone incluso una continuación visceral de su ser. Sus retratos, absolutamente emocionales y emocionantes, son tan dramáticos como sorpresivos, se manifiestan con la fuerza de un ente vivo. Con dos gestos fundidos sobre un mismo fondo podemos descubrir una personalidad casi completa, la transfiguración que el espejo nos niega, la transición en voz alta que pronuncia nuestra alma. Estamos ante máscaras sociales que ocultan incomprensión, desesperación, frustración, ambigüedad, y manifiestan su temperamento ante el ritmo vertiginoso de los cambios sociales que debemos asumir, sin que apenas podamos aprehenderlos, sin que nuestro código genético esté incluso preparado para hacerlo.

Sería cómodo y ciertamente agradable quedarse reposando infinitamente en las superficies de las telas de Daniel García: sus contornos perfectos y rigurosos, esas líneas zigzagueantes que delimitan las figuras cargándolas de erotismo y sensualidad, los colores chillones y planos como océanos en calma, la armonía y el orden de sus composiciones. Todos estos elementos nos atraen la mirada hacia la escena visible, narrada, sin embargo, somos demasiado maliciosos para quedarnos en ese Edén, y pronto descubrimos el sarcasmo de tanto cuerpo bronceado, de tanta frivolidad superflua, de la repetición de situaciones lúdicas, de ocio y júbilo, en suma, de tanto estereotipo. El lenguaje fotográfico en el encuadre de cada instante, nos muestra sucesos evidentes pero inconclusos. Siempre hay algo que no podemos ver, cuyo acceso nos esta vedado, y terminamos observando la imagen como si fuéramos simples voyeurs, que dejaron de mirar una pintura para ser partícipes de una historia.

Las obsesiones y los placeres, aquello que nos trastorna y atormenta, o lo que nos completa y perfecciona, son verdades metafísicas que no nos cansamos de perseguir. Saciar nuestro apetito cotidiano de emociones y aprendizajes forma parte de nuestros tormentos más deseados. A Ignacio Algarín González le valen muchos y diversos estímulos para relacionarse con el mundo pintando. Eleva a otra categoría ciertos hábitos y costumbres, esas pequeñas cosas que no significan nada en el torbellino que es la vida, pero que si somos capaces de valorar nos darán mucho a cambio. Sus obras se comportan como diarios dibujados, memorias de encuentros con objetos, lecturas, escrituras y simbologías de otras etnias, coincidencias, fechas y curiosidades. Una especie de mestizaje donde casi todo es posible, siempre que sea excusa para la forma y el color. En su serie de calcetines observamos claramente ese pretexto para pintar colores, para crear sintonías cromáticas que pronto se emancipan del objeto para tener autonomía propia. 


Laura Acosta Ignacio

domingo, 19 de diciembre de 2010

Logan´s Run

Logan´s Run


Óscar Ortiz Marzo
Daniel García Sanchéz
Ignacio Algarín González

 

En estos tiempos de revisiones de revisiones de las utopías, quizás ahora no tan lejano por el remake de Tron, es cuando mejor situamos este guiño, que no atiende sino a una realidad que nos ha tocado vivir. Una realidad en la cual se ha establecido e institucionalizado un criterio de edad en la valoración de la obra de arte, con una cláusula en casi todos los concursos, ayudas o becas que se precien, que conviene en situar la edad máxima del solicitante a los 35 años.
Personalmente considero, citando a Jardiel Poncela en el prólogo de "La tournée de Dios" allá por 1932, decía: "No somos viejos, porque tenemos treinta años, pero... tampoco somos jóvenes. ..  al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como aquéllas, ni siente y piensa como éstas."

Esta muestra une, más allá de la anécdota, tres visiones dentro de un mismo género e, incluso siendo de la misma generación, nos presenta tres maneras dispares de entender la pintura que van desde un hiperrealismo colorido cercano al Pop con escenas cotidianas de Daniel García, pasando por un realismo más expresivo de Óscar Ortiz con retratos superpuestos de mayor carga emocional, a la pintura gestual cargada de iconos y simbolismos que realiza Ignacio Algarín. Sin embargo, los tres artistas comparten una visión fragmentada de la imagen, proveniente de la fotografía y una influencia directa de las nuevas tecnologías y la publicidad; superposiciones, desenfoques o elementos de los mass media que nos hablan de contemporaneidad. Y es que el arte, queriendo, o sin querer, es siempre un reflejo de la sociedad en la que le toca vivir.
Ignacio Algarín. Dic 2010

Sevilla del 10 de Enero al 10 de Febrero de 2011
Sede de Central de RTVA
Pabellón de Andalucía
Isla de la Cartuja